sábado, 16 de enero de 2016

LA PLUMA

Podría repetir ese viejo dicho que afirma que escribir es un trabajo sucio pero alguien tiene que hacerlo, aunque yo no lo veo de esa manera. Diría que es un trabajo sucio pero alguien ha de saber cómo hacerlo. Yo, permítanme la falta de modestia, sé cómo.  Esa habilidad me ha traído muchos problemas sobre todo a la hora de exponer mi visión del mundo. No pido que nadie, faltaría más, la comparta pero sí que se respete.

Un articulista debe mover su pluma como un hierro candente. Tratando, y en todo momento, que el contrario  no se le acerque demasiado. Una actitud que debe aplicarse incluso a los compañeros de armas. La idea es siempre tratar de penetrar en la defensa enemiga sin dejar al descubierto parte vital alguna.

Para escribir bien se necesita destreza que, era el arte de dominar la espada, frente a las sucias tretas de los contrincantes. Para relatar correctamente se necesita frialdad en el análisis  como cuando el espadachín observaba a su rival para mandarlo a cenar con Jesucristo.  Para exponer juicios fuertes hay que tener un pulso firme y, a renglón seguido, dibujar una línea que nadie debe traspasar jamás. 

Mi protocolo expresivo se basa en no permitir que criatura alguna me diga qué cosas puedo o no escribir. Una forma de decirle al mundo que jamás renunciaré a mi libertad entendida, por supuesto, como el éxito vital de no tener que levantarme cada mañana estrechándole la mano a gente a la que detesto. Y yo, por si no lo saben,  ahorita lo aclaro; detesto a una inmensa mayoría.

Si la espada, como leí recientemente, te pone la historia en la mano, y es hoy un instrumento de aprendizaje y de cultura, la pluma ha de ser afilada para cortar conciencias ajenas ancladas en el inmovilismo aunque no mate como un florete. Mi pluma, como  mi espada, se han cruzado con otras en duelos interesantísimos.  De todo ello se desprende la historia de alguien que lo tuvo todo en contra pero sobrevivió para desgracia de muchos.

Mi verbo es el resultado de mi liberalismo, de la manera en la que entiendo la existencia. Mi solución ha sido individual y se aleja de la turba. Mi respuesta ha sido el combate cuerpo a cuerpo cuando hubiera sido más fácil plegarme a los deseos de aquellos que querían alquilar mis servicios de escribidor.

Sé que mi batalla está perdida de antemano por la cobardía de mis conciudadanos pero, aún siendo consciente de ello, no pienso poner la otra mejilla jamás. Yo, sencillamente, moriré matando- metafóricamente hablando- porque pertenezco a una estirpe de soldado viejo que bajo la lluvia, o con un sol de justicia, avanza bajo las antiguas banderas de San Andrés. Saldré a pelear siempre y si estoy tan ocupado en la batalla que me olvido de Dios, espero que él no se olvide de mí.

Estaré siempre del otro lado; de ese que defiende que todos los españoles seamos iguales ante la ley. De ese que ama la diversidad lingüística de la nación moderna más antigua del mundo. De ese que huye de la imposición de credos religiosos o políticos. De esa izquierda resentida a la que Franco se le murió en la cama.  De esa ultraderecha en forma de nueva partido que parece Carlista. De ese nacionalismo vasco y catalán cuyos preceptos parecen sacados del Mein Kampf de Adolf Hitler. Sí, yo estaré en todo momento del otro lado y usted, o alguno de los suyos, en frente apretando el gatillo al amanecer. Miré el cuadro de Gisbert para ver como morimos los liberales en una playa malagueña. Entonces lo entenderá todo o tal vez no entienda nada.


Sergio Calle Llorens

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